El Duero: una lección de paisaje, historia y arte

El Duero: una lección de paisaje, historia y arte

 

UceroRío de oro, río de frontera, de murallas, de castillos que coronan cerros y de bodegas que se esconden en sus entrañas; río de vino y de aceite, de montañas abruptas, de profundos tajos y llanos inmensos, río de monasterios, de pequeños pueblos y de ciudades antiguas, río de barro y de piedra, de paja y de madera, de toros y de lobos, de queso, de cordero, de brasas, de hornos, de robles, de encinas, de enebros y de chopos, de redondos pinos piñoneros y de olmos en el recuerdo. Gélido y abrasador. Río de nostalgias poéticas y de leyendas, de sudores cotidianos y de guerras eternas por fortuna olvidadas.

Los 897 kms que recorre este río entre España y Portugal son un compendio de historia, de paisaje y de gentes. Junto a sus orillas han sucedido algunos de los más importantes acontecimientos que ha vivido la Península Ibérica desde los tiempos más remotos. Desde su nacimiento en los Picos de Urbión hasta su encuentro con el Atlántico en Oporto, la versatilidad de su pasado, sus campos y sus costumbres lo convierten en un caleidoscopio multicolor, en buena parte desconocido y muy mediatizado por la imagen tópica y uniforme del seco y adusto llano de Castilla que nos legó la Generación del 98.

Desde la fuente, situada a 2.160 m de altitud, en tierras sorianas, hasta su entrega en el mar, su decidido recorrido se abre entre peñascos calizos, rojas arcillas, areniscas y arenales, suelos pizarrosos y agrestes bolos graníticos; atraviesa bosques de hayas y robles, páramos pelados o vegas cubiertas de chopos donde en otro tiempo reinaba el poderoso olmo. A su vera surgen sufridos sabinares –reliquias de otras eras–, tupidos encinares o abiertas dehesas, se labran huertas o se siembra intensamente el cereal. Si en su origen abundan los frescos prados de montaña, poco a poco van apareciendo distintos cultivos adaptados a una climatología muy variada, extrema en no pocas ocasiones, donde junto a las más diversas frutas –incluidas las naranjas– se halla un viñedo espléndido. El Duero es, de esta manera, un río donde una compleja naturaleza se ha visto sometida a lo largo de milenios al dominio del hombre, aunque ni antes la paciente labor de las manos desnudas ni ahora el agresivo trabajo de las máquinas, hayan conseguido dominar del todo un paisaje recio.

Del paso de los esplendores pasados dan testimonio, al margen de las capitales, numerosas poblaciones que acumulan un rico tesoro cultural. Lugares coronados por castillos desmembrados, sembrados de iglesias con altas torres y repletos de palacios o casas blasonadas, ricos en arte y en esencias de un pasado noble, que ahora buscan reinventarse, aunque sin renunciar a su pasado.

El Duero sin embargo es un río humilde, ajeno a las grandes ostentaciones, ya sean producto de la naturaleza o del hombre. Salvo Oporto y Valladolid, en sus inmediaciones las ciudades son medianas y los pueblos pequeños, muchos de ellos sencillas aldeas, en ocasiones incluso despobladas o en vías de serlo, más aún en la zona alta del río. Sin embargo, tal vez por las múltiples posibilidades que ofrece para la subsistencia, la huella del hombre está presente junto a estas aguas desde la más remota Prehistoria. El viejo Duero constituye así una lección de Historia y Arte que –sin necesidad de remontarnos a la primigenia Sierra de Atapuerca, situada también dentro de su cuenca– arranca, junto a la propia ribera, en los asentamientos paleolíticos del valle del río Côa y Siega Verde, a un lado y otro de la frontera hispanoportuguesa, lugares con abundantísimos grabados rupestres situados en el amplio periodo que va de los 22.000 a los 10.000 años de antigüedad y que han sido declarados Patrimonio de la Humanidad por constituir, a juicio de la UNESCO, el conjunto más excepcional al aire libre del arte paleolítico en la Península Ibérica.

SepúlvedaDesde esos remotos tiempos los campos bañados por el Duero han acogido distintos asentamientos: agricultores neolíticos o del periodo calcolítico, ganaderos de la Edad del Bronce que enriscaron sus poblados o gentes de la Edad del Hierro que dominaron valles y crestas y que empezaron a dejar testimonio de unos modos de vida más complejos e incluso refinados. Ellos fueron los arévacos, vacceos, vettones, astures, galaicos o lusitanos que se enfrentaron al invasor romano y con los que el Duero empezó a figurar en la historia escrita. Todos levantaron grandes ciudades, como Numancia, cuya fama llegaría hasta los confines del mundo latino por su feroz resistencia a ser conquistada en el siglo II a.C, el mismo empeño que renovarían otros pueblos y otras ciudades durante la centuria siguiente. No es demasiado lo que conocemos de estas gentes del Duero: un poco de su urbanismo, algunas pinceladas sobre sus viviendas y economía, algo de sus costumbres –transmitidas generalmente por historiadores romanos o griegos–, una pizca sobre sus lenguas de origen céltico y un poco más sobre sus ajuares o sus ritos funerarios. Gracias a un puñado de cementerios investigados, como el vallisoletano de Pintia, sabemos de su ajuar guerrero, de las ofrendas que hacían a los muertos o del exquisito cuidado personal del cuerpo, aunque el conocimiento de estas sociedades –no por falta de restos, sino por los medios para investigar, ¡siempre los medios!– todavía es muy superficial.

Hacia el cambio de era, con la conquista total y definitiva por parte de Roma, se fueron abandonando la mayor parte de los castros de altura, se mudaron las costumbres y se olvidaron las viejas lenguas, sustituidas por un latín que sin embargo conservó algunos términos de aquéllas, palabras como arroyo, barro, carrasca, losa, páramo o vega, que suenan cotidianamente. Roma destruyó ciudades y levantó otras nuevas, como el Portus Cale, que sería el origen del Oporto actual y el origen del nombre de Portugal, o como Clunia, cuyos restos se ubican en un inexplicable –para nosotros– cerro apartado, pero que fue una de las capitales administrativas de la Hispania romana, dotada de un gran foro, edificios monumentales, de un importante teatro excavado en la roca o de diversos conjuntos termales; una ciudad en la que fue proclamado emperador Galba en el año 68 d.C. y que esconde bajo su solar un interesante sistema de captación de aguas en el que sobreviven, en el barro fresco, como si se hubieran hecho ayer mismo, toscas estatuillas, grafitos, restos de antorchas y hasta los resbalones de operarios o autoridades municipales que visitaron las obras. Hoy, transitando por el yacimiento arqueológico, resulta difícil imaginar aquellos esplendores pasados, con sus calles repletas de funcionarios, soldados o artesanos, llegados a veces de los más apartados rincones del imperio. Una vida que pobló otras ciudades como Termantia o Uxama –rescatadas poco a poco por los arqueólogos– junto a otra serie de núcleos localizados pero apenas investigados, igual que el conjunto de villae rústicas, esas casas de campo señoriales que esperan algún día su oportunidad para poder contar qué fueron…, siempre que los subsoladores para el cultivo o los expoliadores de antigüedades no lo impidan.

Extinguido el imperio muchas de esas ciudades y villas sucumbieron. Los nuevos pobladores, visigodos y suevos, ocuparon las orillas del río, que en su parte más abrupta, en Los Arribes, sirvió de frontera entre ambos pueblos durante casi dos siglos. De ese incierto periodo de decadencia, guerras y saqueos no es mucho lo que conocemos, aunque las crónicas hablan de un indefinido territorio con personalidad propia, Sabaria, situado en tierras zamoranas, entre aquellos dos reinos germánicos y que acabaría destruyendo el visigodo Leovigildo en el año 576, poco antes de conquistar el reino suevo. Tal vez, como resultado de estos momentos y de la estabilidad que siguió después, se levantara uno de los monumentos de la época más importantes que existen en España, la iglesia de San Pedro de la Nave.

AtautaTras la llegada de los musulmanes en el año 711 la moderna historiografía habló durante muchos años del «desierto del Duero», manifestando así un vacío humano de casi dos siglos que se disponía entre las recónditas montañas cristianas del norte y los ocupantes de las ricas tierras del Ebro, del Levante o de la mitad sur, bajo el dominio de los emires y luego califas cordobeses. Pero poco a poco van apareciendo evidencias de que junto al Duero también vivieron gentes en tan peligrosos tiempos, pobladores que apenas si han dejado un leve rastro en la arqueología y prácticamente ninguno en las crónicas, grupos seguramente seminómadas, de una pobreza extrema, supervivientes de frontera en tiempos de guerra, acosados por unos y por otros, sufridas familias sin huella perceptible en la gran Historia. Hasta los comienzos del siglo X no se establecería una verdadera frontera, aunque con límites todavía difusos, pero con el río como protagonista. Ciudades cristianas que se alzaban como campamentos militares: Osma, San Esteban de Gormaz, Clunia, Roa, Simancas, Toro, Zamora y Oporto; en frente, la Marca Inferior de los andalusíes, dirigida desde Mérida y, en el mismo Duero, la Marca Media, con la impresionante fortaleza de Gormaz como punto extremo y el cuartel general de Medinaceli, donde vendría a morir el hayib Almanzor en el año 1002.

No sería hasta la segunda mitad del siglo XI y los comienzos del XII cuando los cristianos rompen esa frontera y el Duero pasa definitivamente a formar parte de los reinos de León y Castilla, que unas veces caminan juntos y otras separados y de los que se desgajaría el nuevo reino de Portugal a partir de 1139. Desde entonces nuestro valle duriense queda en retaguardia y con el peligro lejos la vida empieza a prosperar. Se roturan nuevos campos y se consolida la actividad artesanal y el comercio. Es tiempo del arte románico y las iglesias se multiplican, las ciudades crecen y surgen monasterios de arquitectura impresionante, como Santa María de Huerta o San Juan de Duero, como La Vid, San Pedro de Gumiel, Valbuena o Retuerta, como Palazuelos o Moreruela o como los portugueses de Salzedas y Tarouca, además de otros muchos ubicados en entornos urbanos. Son siglos bajomedievales que conocen el gran desarrollo de la Mesta, con sus rebaños de merinas trashumantes que recorren cotidianamente cañadas y cordeles, verdaderas autopistas de un recurso económico, la lana, que entre los siglos XV y XVI conectará el Duero con Flandes, llevando hasta allí materia prima y trayendo manufacturas, productos de lujo y artistas,muchos artistas, que dejaron lo mejor de su obra y no pocas influencias de su fino trabajo en monasterios, iglesias y palacios. Fue entonces también cuando a orillas del Duero, las dos potencias en mayor expansión, España y Portugal, se repartieron el mundo, un mundo en gran medida desconocido pero que en esos días empezaba a explorarse. Ocurrió en 1494 y el acuerdo recibió el nombre de Tratado de Tordesillas.

Fueron estos tiempos quizás de los más brillantes que conocieron las tierras del Duero, cuando pueblos y ciudades se renovaron por completo y cuando la producción comerial y artística se multiplicó, en buena parte gracias a las riquezas llegadas desde América. Fue también cuando Valladolid, entre 1601 y 1606, se convirtió en capital del imperio español, el más extenso y poderoso del mundo, pero que empezaba a manifestar ya un claro agotamiento y los primeros síntomas de su largo e irreversible declive. También en esos momentos el Duero, sus pueblos y sus gentes, empezarían a retornar a aquella vieja humildad, lejos de protagonismos, de nuevo al trabajo sencillo, de nuevo ocupados en la supervivencia cotidiana del pequeño taller o del arado.

Castillo de GormazDel paso de los esplendores pasados dan testimonio, al margen de las capitales, numerosas poblaciones que acumulan un rico tesoro cultural, sitios como Almazán, Berlanga de Duero o el Burgo de Osma, como Peñaranda de Duero o Peñafiel, como Tordesillas o Toro y como las portuguesas Miranda do Douro o Lamego. Sitios que fueron mucho y hoy son menos, algunos con dignidad episcopal, otros, como Toro, con eterna vocación de capital de provincia, que lo consiguió durante unos años, llegando su circunscripción incluso hasta tierras de la actual Cantabria, pero sin que finalmente cuajaran sus pretensiones. Son lugares coronados por castillos desmembrados, sembrados de iglesias con altas torres y repletos de palacios o casas blasonadas, ricos en arte y en esencias de un pasado noble, que ahora buscan reinventarse, aunque sin renunciar a su pasado.

Pero el Duero siempre ha cobijado en sus orillas igualmente las obras de los humildes, testimonios del trabajo cotidiano y de una economía de subsistencia: casas de mampostería y entramado de madera o con muros de adobe, palomares para la cría de los –en otro tiempo– suculentos pichones, profundas bodegas abiertas a pico y lagares con mecanismos de tradición milenaria, pozos de nieve para fabricar hielo, molinos e ingenios que aprovechan la fuerza del agua o guardaviñas cuyas bóvedas remiten a tradiciones de época megalítica.

De los buenos y los malos tiempos guardan memoria las orillas de este río, que ha regado siempre la imaginación con antiguas leyendas y romances o con austeras tradiciones. Sus aguas también han dado vida a los campos, al ganado y a la caza, base de una rica despensa que acompañada por algunos de los vinos más renombrados del mundo, constituye una de las gastronomías con mayor fundamento en el pasado pero con un futuro de lo más prometedor.

(Texto y fotografías: Jaime Nuño González / Publicado originalmente en la revista “PATRIMONIO”)

 INFORMACIÓN RELACIONADA:
El historiador y arqueólogo Jaime Nuño, autor de este artículo, será el guía de nuestro próximo viaje cultural ‘Alto Duero. Por tierras de la frontera altomedieval’ – Del 24 al 27 de octubre de 2017